Closing the Reading Gap: ¿por qué enseñar a leer?

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Recomiendo leer

El libro empieza con una cita buenísima: “Si puedes leer esto, es gracias a un maestro”. Alex Quigley es un docente que ahora mismo trabaja para la EEF (Education Endowment Fund del Reino Unido) y que nos recuerda cifras de ese país: sólo el 73% de los alumnos que acaban la primaria alcanzan el nivel lector necesario. Es decir, que uno de cada cuatro no leerán correctamente ni en la escuela ni en el futuro. 

Además de eso, sabemos que los niños a los que se les lee regularmente desde los cinco años son muchísimo mejores en matemáticas, vocabulario y deletreo cuando llegan a los 16 años. Logan et al., When Children are not read at Home) calcularon que a los niños a los que se les lee diariamente (como cinco libros infantiles) escucharán más de un millón de palabras más (1,4 millones, concretamente) que a sus compañeros a los que no se les lee en casa.

El autor menciona a menudo esa imagen de los hogares en los que no hay libros en las estanterías. En UK, 1 de cada 11 chicos no poseen ningún libro, y el dato aumenta hasta 1 de cada 8 para los hogares más desfavorecidos. ¿Esto importa? Las personas de 14 años que leen frecuentemente saben un 26% más de palabras que aquellos que nunca leen (Sullivan et al., 2017 The intergenerational transmisión of vocabulary). Considera por un momento las consecuencias de esto en tus clases. 

A su vez, los lectores más capaces son más autónomos. Los que tienen tendrán más, y los que menos tienen tendrán menos. Esto no es sorprendente: cuando haces algo bien de manera autónoma, generalmente es agradable. Y lo mismo sucede al contrario, por eso la habilidad lector determina a su vez cuánto se lee (Vab Bergen et al., 2018. Why do children read more?). 

Así que si nosotros, como docentes, mejoramos la enseñanza de la lectura, entonces es probable que mejoremos la habilidad lectora y por tanto también aumenta la cantidad de lectura. Para cada niño y niña, deberíamos sentirnos obligados a llenar su día escolar con la riqueza de libros que les ayuden a acceder a experiencias lectoras poderosas. De esta manera podrán sumergirse en el mundo de conocimiento e imaginación que nos ofrece la capacidad de leer con fluidez.

Es el acto cotidiano de leer en clase, sucediendo en las cabezas de nuestros alumnos, cuando ocurren pequeñas y escondidas brechas de comprensión y conocimiento. Con el tiempo, estas brechas se acumulan y marcan la diferencia entre el éxito y el fracaso académico.

Pese a todo ello, Quigley piensa que los docentes recibimos muy poca formación sobre cómo enseñar a leer. Los docentes de Secundaria incluso no llegamos a reconocer la cantidad de lectura que pedimos a nuestros alumnos. Aunque las presentaciones puedan ser herramientas válidas para enseñar, si sustituyen a los textos impedirá la suficiente práctica de la lectura. Y esto a su vez impedirá la comprensión, más adelante, de textos complejos académicos. 

Así que debemos preguntarnos: ¿Quién sufre más cuando no se lee en clase? La respuesta es clara: esos niños que no tienen ni un libro propio en la estantería. Nos preguntaremos entonces, ¿qué ha hecho la lectura por nosotros? El autor, y yo también, defendemos que leer afecta a nuestras vidas, ofreciéndonos un medio para almacenar y compartir el conocimiento esencial de nuestra cultura. Los laxos entre la salud, la prosperidad y la fluidez lectura son estrechos. Leer no debe ser un medio para otros fines: es un fin en sí mismo.

A lo largo de estas entradas, desarrollaré las ideas principales de Alex Quigley, que se pueden resumir en los siguientes puntos:

  1. Los docentes debemos recibir formación para ayudar a transformar “aprender a leer” en “leer para aprender”.
  2. Hay que desarrollar un currículum rico en lecturas profundas.
  3. La enseñanza debe enfocarse en la práctica fluida de la lectura.
  4. Hay que modelar y practicar herramientas que permitan convertir a los alumnos en lectores que comprenden en profundidad.
  5. Es esencial desarrollar la motivación para leer para aprender y leer por placer.

Una breve historia de los libros para niños

The Lost Childhood, de Graham Green: ‘Quizás es sólo en la infancia cuando los libros tienen una influencia tan profunda en nuestras vidas. En los años siguientes los admiramos, nos entretienen, nos ayudan a cambiar nuestro punto de vista. Pero tendemos a encontrar en los libros la confirmación de lo que ya existe en nuestra mente’.

Las historias tradicionales que han sido contadas por milenios emergieron de una forma que hoy podríamos llamar “cuentos de hadas”. Este nombre se inventó en la Francia del siglo XVII pero no se parece ni por asomo a lo que la factoría Disney nos tiene acostumbrados, y estaban pensados esencialmente para adultos. Por ejemplo, no leáis la Cenicienta de los Hermanos Grimm (la hermana fea se corta los pies para que quepan en el zapato) o Blancanieves (la malvada madrastra acaba abrasada). 

Sin embargo, no fue hasta el final del siglo XIX cuando aparecieron los primeros libros dedicados exclusivamente a la infancia. Por ejemplo, en 1865 Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll. En 1883 La Isla del Tesoro, de Stevenson. Este tipo de historias fueron sustituyendo a las narraciones piadosas típicas de los siglos anteriores. Insisto en las fechas para remarcar la coincidencia de la aparición de estos y otros clásicos (Peter Rabbit, Peter Pan) con un sistema educativo universal. Tal y como vivimos ahora, rodeados de libros infantiles en diferentes formatos, podemos olvidar la importancia del éxito de esas primeras publicaciones infantiles. Esos primeros libros también reflejaban ciertas realidades de clase social o raza. Estas historias pueden constituir un espejo en el que mirarse a ellos mismos, a la vez que abren una ventana a un mundo nuevo.

Ahora, sin embargo, con la aparición de la tecnología móvil e internet, podemos estar cambiando más rápidamente que nunca la historia de la lectura. Una respuesta natural a este cambio es el miedo. Y tenemos razones para ello: sabemos que la televisión no nos ayuda a pensar mucho, de forma que cuando los bebés están desarrollando el lenguaje escuchar hablar en la televisión no aporta el mismo beneficio que leer un libro (Alloway et al., 2014 Exploring the impact of televisión watching on vocabulary skills in toddlers). Lo mismo sucede con las pantallas (Delgado et al., 2018 Din´t throw away your printed books). Quizás sea porque asociamos las pantallas al entretenimiento y el papel al aprendizaje, pero son conjeturas. Lo que está claro es que hay preguntas que sería bueno pensar:

  • ¿Sostienen la atención nuestros alumnos mientras leen? ¿Cómo lo sabemos?
  • ¿Supone un mayor o menor esfuerzo leer en pantallas? ¿Están leyendo en profundidad, o sólo manteniendo una atención superficial?
  • ¿Cómo nos aseguramos de que nuestros alumnos sean lectores activos, sea cual sea el soporte?
Aquí tienes un vídeo que resume las ideas principales de la entrada. Cortesía de Antonio Iván Rodríguez

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