Descubriendo cómo funciona la motivación. Estrategias en el aula. Parte II

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Los cinco elementos de la motivación

A partir de esta entrada desarrollaremos los elementos de la motivación que nos propone el autor: asegurar el éxito, funcionar con rutinas y normas, construir pertenencia y enfatizar la participación. 

Antes de empezar con ellos, el autor nos avisa de que no encontraremos dos elementos:

  • Hacer divertidas las clases
  • Ofrecer recompensas simples como pegatinas o premios por trabajar

¿Por qué? La diversión es importante en la vida, y estas dos cosas pueden motivar a veces. Sin embargo, no son parte de la propuesta de Peps Mccrea porque enfocan la atención a la recompensa (la diversión o la pegatina) más que al aprendizaje en sí mismo. Con elementos extrínsecos como estos, podemos encontrarnos con alumnos que han pensado más en la pegatina que en el vocabulario. Funcionan al corto plazo, pero no en el largo plazo; y no facilitan aprendices autorregulados, que buscan la motivación intrínseca. 

En el mejor de los casos, son como una banda elástica: cuando desaparece la recompensa la motivación vuelve al punto de partida. Y en el peor de los casos, pueden tener un efecto indeseado. Es como pagar a la gente por donar sangre: puede transmitir sutilmente el mensaje de que es una actividad indeseable. Igual que dar premios por la asistencia a clase tiene el efecto de bajar la asistencia. Tenéis un artículo resumiendo evidencias en este sentido aquí (https://scholar.harvard.edu/files/todd_rogers/files/the_demotivating.pdf).

Las motivaciones extrínsecas como los premios (llámense notas, positivos, o stickers) deben utilizarse inicialmente y cada vez menos. Los principios que desarrollaremos tratan sobre la motivación intrínseca. Implementados correctamente, enfocan la atención a la oportunidad de aprendizaje.

Finalmente, esta es la razón por la que la motivación se construye mejor de manera colectiva. Es decir, si todo el claustro establece estos principios motivacionales se multiplican los beneficios, porque refuerzan el mensaje que quiere transmitir cada uno.

  1. Asegura el éxito

Nuestra motivación está muy influenciada por la anticipación del éxito futuro, por la posibilidad de que alcancemos un beneficio para nosotros y nuestro grupo. Esta posibilidad es lo que llamamos expectativa o auto-eficacia esperada.

Esta percepción de nuestra propia eficacia se forma principalmente por la tasa de éxito que hayamos alcanzado en el pasado. Cuanto más tasa de éxito en el pasado, más probable es que invirtamos nuestro tiempo en actividades similares. 

Por tanto, la expectativa es uno de los motivadores del aprendizaje más potentes, pero también es el más frágil. ¿Por qué? Porque el razonamiento que acabamos de explicar también funciona para el fracaso, y puede desencadenar en creencias muy arraigadas como: “no puedo hacer esto”, “no soy bueno en inglés”, o “no tiene sentido que lo intente”. Sin intervención sobre estas creencias, pueden afianzarse de forma definitiva e impedir el aprendizaje en el futuro. 

Aquellos que hemos sido profesores de alumnos y alumnas con este tipo de creencias sabemos lo destructivas que pueden llegar a ser. Por tanto, si queremos trabajar la motivación para el aprendizaje, debemos ante todo asegurar que el éxito es posible.

Dos sugerencias prácticas que nos aporta el autor:

  1. Planifica las experiencias de aprendizaje para que sean desafiantes pero posibles para la mayoría.
  2. Presenta la ideas en partes pequeñas que luego son consolidadas y agrupadas. 
  3. No dejes a la interpretación de cada uno lo que es el éxito: utiliza ejemplos y modelos.
  4. Utiliza la forma de medir correcta: sobre lo que saben o son capaces de hacer, no cuánto le queda por hacer. Mejor feedback sobre aprendizaje que sobre desempeño.
  5. No compares con los demás, sino con el desempeño anterior de cada uno.
  6. No mientas. Si no lo hace bien en inglés, no le digas que es bueno con el inglés. La mentira destruye la confianza y, por tanto, la motivación.

Además de eso, es importante reconocer que siempre existirá alguna experiencia de fracaso. Será muy importante el significado que otorguemos a ese fracaso: como un paso necesario para el aprendizaje.

La atribución del éxito

La motivación no sólo está influida por nuestra interpretación de qué tal lo hacemos, sino también de cuál es la causa de que lo hagamos así de bien o de mal. Esta causa es lo que llamamos la atribución del éxito.

Cuando los alumnos atribuyen la causa de su desempeño a ellos mismos (su esfuerzo, capacidad o enfoque) su motivación aumentará. Pero si lo atribuyen a causas externas (la mala suerte, una prueba injusta) su motivación no cambia o incluso disminuye. 

Por otra parte, influye también si se sienten con posibilidad o no de cambio. El peor escenario es en aquellas personas que atribuyen el fracaso a ellos mismos (su esfuerzo, su capacidad) pero piensan que cambiar estas cosas están lejos de su control. Para ello es importante señalar las mejoras, por pequeñas que sean, e incidir en que es posible mejorar. También es nuestra responsabilidad que los agentes externos sean lo más estables posibles: por ejemplo haciendo pruebas que son conocidas y esperadas.

Como conclusión al capítulo, diríamos que hay un consenso es que en el éxito que genera habilidad, la motivación se convierte en un producto del aprendizaje más que en su motor.

2. Establece rutinas

Como hemos visto antes, el valor y la expectativa son influencias importantes en la motivación. Sin embargo, nos queda hablar de un último factor: el coste. 

En la motivación, el coste se refiere a la atención y esfuerzo que estimamos necesitar para conseguir unos beneficios. Cuanto menos coste, más motivación. 

Nuestro problema es que en la escuela enseñamos cosas que cuesta algo de esfuerzo aprender. Por eso requieren una atención sostenida y la construcción permanente de significado. Si todo es fácil, no hay mucho aprendizaje. Esta es la paradoja: mientras que la motivación se sostiene por un esfuerzo menor, el aprendizaje se consigue con un esfuerzo mayor. ¿Cómo resolvemos este dilema?

La respuesta empieza por distinguir entre el “qué” y el “cómo” del aprendizaje. Es posible reducir el coste del “cómo” mientras se mantiene el “qué”. Esto implica facilitar el proceso de aprendizaje, mientras se mantienen las expectativas sobre el contenido del aprendizaje. Y una manera de facilitar el “cómo” es utilizando rutinas.

Las rutinas reducen el esfuerzo porque pensamos menos en las cosas que hacemos repetidamente. Una rutina, en este sentido, consiste en una serie de acciones que se comienzan después de una señal. Una de las mejores ventajas de utilizar rutinas es que los docentes las hemos usado inconscientemente durante siglos. Por ejemplo, cuando acaba una clase y se recogen los libros, se coge el abrigo y se forma la fila (con más o menos orden). 

De esta forma deberíamos establecer rutinas como:

  1. Escribir la idea más importante en el margen (o en formato notas Cornell)
  2. Empezar recordando lo aprendido en la clase anterior

Las rutinas son un ingrediente fundamental en la arquitectura social de un centro educativo. Sin embargo, pocas veces reciben la atención que merecen. Pregúntate: ¿Qué partes de mi clase ocurren frecuentemente? ¿Cómo podrían ser mejores?

Los beneficios de las rutinas son grandes en la motivación, sobre todo en aquellos alumnos que necesitan sentirse seguros y confiados. Las rutinas liberan recursos mentales para poder atender de forma más eficiente a lo que se está aprendiendo.

Las normas

En el fondo, una rutina que se refiere al trato hacia los demás es lo que llamamos una norma. La imitación es la clave en este sentido. Nuestros iguales nos transmiten comportamientos, que en el caso de la motivación tendrán un peso fundamental. Por eso, si queremos asegurar la motivación para el aprendizaje, debemos conocer y nivelar la influencia del grupo en el comportamiento individual. 

Para modificar la motivación, debemos cambiar lo que nuestros alumnos y alumnas observan. Podemos hacer más visibles las normas de dos maneras:

  1. Incremento la proporción de alumnos que las cumplen
  2. Cómo de memorables son las veces que observamos una norma cumplida

Por ejemplo, observamos a una alumna recogiendo la basura en el patio Tirar nuestra basura al suelo no implica nada. Pero si observamos a todos los alumnos recogiendo basura en el patio, arrojar algo al suelo se convierte en un riesgo. Convertir la campaña de recogida de basura en algo memorable, por ejemplo mediante el uso de historias y ejemplos, refuerza este objetivo. Además, este tipo de momentos se convierten en generadores de pertenencia, el siguiente tema del que hablaremos.

3. La pertenencia 

Las normas sociales dan forma a nuestra motivación. Sin embargo, la fuerza de su influencia depende de hasta qué punto nos sentimos parte y nos identificamos con aquellos que, por ejemplo, trabajan bien y se esfuerzan en clase. La motivación está mediada por la pertenencia.

Cuanto más sentimos que pertenecemos a un grupo, más invertimos nuestro esfuerzo en compartir sus metas. 

La pertenencia tiene un gran peligro, si en lugar de definir quién está dentro nos centramos en a quién dejamos fuera. Esta distinción es importante y todos los centros educativos deberíamos reflexionar bien sobre ello. Por razones de equidad, además de la motivación, tenemos que reflexionar y tomar acciones en este sentido.

La pertenencia se genera cuando:

  1. Se reconoce las contribuciones diferentes de cada miembro del grupo, particularmente de aquellos que están en las periferias del mismo.
  2. Se incluye a todo el mundo en las discusiones de clase, actividades y celebraciones.
  3. Se enmarca el éxito en el plural, enfatizando la naturaleza colectiva de algunos logros.

Una pieza clave de la pertenencia es la confianza. Trabajar con otros supone un salto de confianza en que seremos tratados justamente. Como docentes, Peps Mccrea nos sugiere construir confianza basándonos en tres pilares:

  1. La credibilidad, basada en nuestro interés por lo que enseñamos y en su aprendizaje.
  2. El cuidado, mostrando acciones inequívocas de que nos interesa su bienestar.
  3. La consistencia, mostrando un comportamiento predecible y transparente.

4. La elección

Hasta ahora hemos hablado de un mundo de interacciones en el que los comportamientos y actitudes de los demás tienen influencia en nosotros y nuestros alumnos. Sin embargo, también hay un factor motivacional importante en aquellas decisiones donde podemos tener elección y autonomía. Eso sí, para que la elección sea motivadora, tiene que ser significativa.

Ofrecer alternativas significativas en la escuela no siempre es fácil, particularmente cuando hablamos de qué aprender y cómo aprenderlo. La naturaleza compleja de las cosas que enseñamos, combinada con el carácter inexperto de nuestros alumnos nos lleva a afirmar que nuestros estudiantes desconocen lo que no saben. Igual que un paciente no sabe diagnosticarse, los alumnos no siempre están en la mejor decisión para tomar decisiones sensatas sobre su propio aprendizaje, sobre todo al principio. Una autonomía de ese tipo puede ser peor que ninguna autonomía. 

Por supuesto, hay elecciones significativas que tenemos que ofrecer, por ejemplo de qué manera enfocar un texto o un problema. Sin embargo, por todo lo anterior resulta mejor tomar una decisión concreta y trabajar para que los alumnos compartan esa decisión. 

Para ello, es importante explicar por qué esa decisión es buena par ellos, y luego dar oportunidades para elegir tomarla. Esto tiene que ver con la metacognición si, por ejemplo, se refiere a cuáles son las mejores estrategias para estudiar. Para ello el autor propone dos ideas:

  1. Expón los beneficios: cuando los alumnos perciben y valoran los beneficios de una decisión, es más fácil que actúen de acuerdo a ella. Explorar los beneficios de aprender una cosa, o de resolver de una manera una actividad, puede parecer un gasto de tiempo pero merece la pena en términos de la motivación que conseguiremos.
  2. Encuentra el beneficio cercano: es difícil dirigir la motivación a un beneficio dentro de 20 años. Busca ejemplos concretos que les hagan entender las razones, ejemplificando a menudo.

Paradójicamente, estas estrategias son más efectivas cuando explicamos directamente a los alumnos cómo funciona la motivación. En palabras del autor, se trata de conseguir “metamotivación”: la habilidad de monitorizar y regular nuestra propia motivación. Construir metamotivación es hacer crecer en ellos su empoderamiento, es decir, que son capaces de actuar en el mundo y conseguir sus metas. 

Conclusión

A lo largo de estas entradas hemos definido a la motivación como un sistema para asignar atención. Esta asignación se basa en la inversión disponible, para conseguir un beneficio con un valor y unos costes. Es un proceso inconsciente y específico de cada situación, no general.

Igual que los sistemas de salud salvan más vidas cuando se enfocan en ayudar a la gente a dejar de fumar que en mejorar los tratamientos de cáncer de pulmón; los docentes somos más efectivos cuando nos enfocamos en influenciar el comportamiento antes de que suceda y no en corregirlo una vez que haya ocurrido. 

La motivación y la oportunidad son los motores del comportamiento, y mediante estas entradas hemos tratado de profundizar en cómo trabajarlos en el aula.

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