Una ética de la excelencia. Introducción

Recomiendo leer

Sobre el libro

Presentamos un libro que hemos citado en numerosas ocaciones en el blog. “Una ética de la excelencia” es el libro de un profesor que ha pasado décadas en una pequeña escuela rural en Massachusets, y luego ha asesorado a otras escuelas por todo el país. Él trabaja con chicas y chicos blancos, de pueblo. Pero asesora a colegios urbanos, muy diversos, con mucha población latina. Les asesora compartiendo estrategias que ayudan al claustro y a los alumnos a estar motivados sobre la calidad de lo que hacen, a querer hacer un buen trabajo.

¿Excelencia?

Antes de empezar, es importante clarificar el término excelencia, que a nosotros nos puede sonar rimbombante y pomposo, porque quizás ya solo lo escuchamos cuando leemos una novela de la aristocracia británica, vemos una serie donde aparece un noble que es llamado así, o escuchamos al famoso Señor Burns de Los Simpsons. También en planes de excelencia o auditorías de calidad.

Sin embargo, la excelencia en este libro significa “lo mejor que puedes hacer” o “algo de lo que te sientes verdaderamente orgulloso”. Se trata por tanto del sustantivo de “excellent”, que está a otro nivel del “very good”. Voy a poner un ejemplo de mi propia experiencia.

En biología de 4º ESO solemos hacer un trabajo de análisis del paisaje en el que los alumnos preparan una pequeña encuesta comparando parejas de paisajes, y preguntan a mucha gente cuál de cada pareja prefieren. Del análisis de las respuestas sacan conclusiones relacionadas con la conservación de la naturaleza: que a la gente le gusta el verde vivo en los paisajes, que prefieren que aparezca algún animal… Todos los cursos hay trabajos muy buenos, por la profundidad del análisis y por la forma de presentarlos. Hace no mucho, un alumno preparó un programa informático que, después de preguntarte por las parejas, era capaz de predecir en un 70% qué paisajes preferirías de una galería de imágenes. El alumno nos explicó cómo había desarrollado el código, cómo estaba leyendo y aprendiendo por su cuenta a programar… Eso no era un trabajo muy bueno, era algo que sobrepasaba con creces mis expectativas. Recuerdo ese día porque ese alumno, que no era el más querido de la clase, sintió verdadero orgullo de lo que sabía. Sus compañeros también se lo demostraron. Me lo confesó días después: ese momento, para él, había sido memorable.

Quizás parezca un cuento de hadas, pero no debe ser así.  Este libro nos muestra cómo podemos ayudar a que estos momentos ocurran con más frecuencia y a más alumnos. 

Sobre el autor

Retomando el libro y a su autor, Ron Berger además de profesor es carpintero (según él mismo, \”para complementar su sueldo de profesor en la escuela pública\”). El mejor cumplido que, para él, se le puede decir a un carpintero es que es un artesano. Por eso quiere una clase llena de artesanos: estudiantes cuyo trabajo es riguroso, profundo y hermoso. Orgullosos de lo que hacen, llenos de respeto hacia su propio trabajo y el de los demás.

Una cultura de artesano

¿Cómo creas una cultura? ¿Una ética compartida?

El autor manifiesta su preocupación porque coge el periódico y encuentra artículos sobre la \”crisis\” en educación y los remedios rápidos para remediarla. Le recuerdan a los anuncios sobre dietas: ¡Pierde peso rápidamente! ¡Sin trabajo! Se malgasta tanta dinero en dietas milagro como en metodologías milagro. Pero parece que casi todos los que pierden peso rápidamente lo ganan de nuevo con la misma velocidad. La única manera de perder peso de verdad es establecer nuevos hábitos, nueva ética: más ejercicio, comer más sensatamente. No es un remedio rápido, es un compromiso a largo plazo. El otro problema es que el autor no cree que la educación esté en crisis. Algunas escuelas son muy buenas, otras no. Pero no cree que haya un atajo para construir una cultura, es un compromiso a largo plazo.

Ron Berger defiende extensamente que un trabajo excelente es transformador. Una vez que el estudiante ve que es capaz de lograr eso, nunca volverá a ser el mismo. Hay cambios en su auto-imagen, una noción de posibilidad: “puedo llegar a esto si me lo propongo”. Supone, como en el ejemplo con el que empezaba la entrada, un momento de reconocimiento personal y casi siempre público de lo bueno que es tu trabajo.

Por eso la cultura de un centro educativo no debe valorar la cantidad sobre la calidad del trabajo. Los alumnos nos entregan cientos de productos finales. Los docentes corregimos toneladas de ese trabajo de poca calidad, se lo devolvemos y acaba en la papelera. De esto hablaremos mucho porque este libro nos propone formas concretas de reducir el número de actividades, profundizando a la vez mucho más en ellas.

Y una primera idea: archivar la excelencia

Una de las tareas más importante que puede hacer un docente es ser un historiador de la excelencia. Dondequiera que estemos, en nuestra clase o visitando una escuela, busquemos modelos de trabajo hermoso, profundo, importante. Ya hemos hablado de los modelos aquí y aquí. Estos modelos serán los estándares de lo que yo como profesor y mis alumnos aspiramos alcanzar. Ejercicios resueltos, fotografías, fotocopias, vídeos… Aunque parezca obsesivo, documentar este modelos con la integridad que se merecen es muy importante.

El autor es crítico con los proyectos que no empiezan con una idea clara de lo que se quiere elaborar, porque eso implica que tampoco se tiene muy claro lo que se quiere aprender. Insiste en que lo importante no es la maqueta o el dibujo o lo que sea que se haga, sino lo que el alumno aprende haciéndolo. Por eso, cuando la clase empieza una nueva idea, un nuevo tema, comenzamos siempre con una muestra de la excelencia. Mostramos las grabaciones de alumnos presentando un proyecto, trabajos de otras escuelas, y modelos del mundo profesional. Nos sentamos y admiramos. Criticamos y discutimos lo que hace que ese trabajo sea tan bueno: por qué una redacción nos conmueve, lo que hace de un proyecto de historia algo significativo para nosotros, o la resolución de un complejo problema matemático que nos deja asombrados.

Contamos con muchos medios para almacenar estos trabajos. Cuando guardamos el trabajo de nuestras clases, mostramos a los alumnos que su trabajo es significativo no solo para nosotros, sino para el futuro. Que sirven para mostrar lo bien que se puede hacer. Seamos coleccionistas de trabajos excelentes. Todos podemos empezar a crear un drive dedicado a esto, compartiendo en el departamento qué convierte a un proyecto, idea, presentación o texto en algo excepcional. Poco a poco, nos ayuda también a nosotros a clarificar qué deseamos ver, escuchar y leer. Nos ayuda a compartir qué es la excelencia para otros docentes, a lo mejor con más experiencia o más dominio de otros ámbitos. La creación de un archivo de la excelencia a nivel de centro coloca la discusión más allá de lo urgente: a dónde apunta el trabajo de nuestros alumnos.

Conclusión

Acabamos nuestra primera entrada deseando ser carpinteros y artesanos en la metáfora del autor. La política educativa debería dar voz a nuestro colectivo, porque somos los que estamos en la obra trabajando la madera. Los arquitectos educativos (en sentido figurado, no literal) diseñan edificios sin preguntar a los que lo construirán y vivirán en él. Por eso escribió este libro Ron Berger, para aportar una voz más de los que pasan su jornada en el aula.

El autor también afirma que hay muchos modelos de excelencia y que las ideas que desarrollaremos en las próximas entradas son estrategias y metáforas que permitan fomentar nuestra reflexión. 

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