Una ética de la excelencia. Cultura de centro

Recomiendo leer

Creando un cultura

En la entrada anterior apuntamos lo fundamental que es crear una cultura de centro. ¿A qué nos referimos? Ron Berger nos cuenta que cuando llega a un centro para asesorar a su claustro, empieza por pedirles que cuenten sus historias. No solo las historias tristes, las que hablan de lo que habría que cambiar. Sobre todo, que cuenten lo que va bien, lo que les motiva, los triunfos personales que han tenido como docentes. 
 
¿Por qué la cultura es importante? El autor defiende que para mejorar los resultados académicos, la cultura del centro importa. Pensar que trabajar con nuevas metodologías, TICs, o con proyectos, será una solución mágica para los problemas es tan absurdo como pensar que preparándoles solo para las pruebas externas será igualmente efectivo. El desempeño de los estudiantes está muy influenciado por su contexto familiar, su vecindario, y por supuesto su centro educativo. Sus actitudes y logros se modelan por la cultura que les rodea, porque ajustan sus actitudes y esfuerzos para encajar en esa cultura. Por ejemplo, si se ridiculiza el esfuerzo académico (es mejor no levantar la mano en clase, hacer los deberes o que te preocupen tus notas), esto supone una fuerza poderosa. Si, por el contrario, que te preocupen estas cosas está bien visto, será igualmente una influencia fundamental. Por eso la brecha educativa es reflejo de la brecha social y económica. La segregación escolar amplifica la brecha así: si lo normal es pasar horas dedicadas a los estudios y que te preocupe el éxito académico, si lo normal es estudiar inglés en academias, entonces es perfectamente normal dar lo máximo para conseguir entrar en la mejor universidad. 

La cultura, una presión de grupo positiva 

Hemos sido educados con el mensaje de que la presión de grupo es terrible, algo a evitar, algo negativo. La presión de grupo se refiere a chavales tratando de que fumes o tomes drogas. Después de diez años en la enseñanza el autor se dio cuenta de que la presión de grupo positiva era la razón de que su clase fuera un lugar seguro en el que todos se sienten apoyados. La presión de grupo no es algo a evitar, sino a cultivar en la dirección positiva.
 
Aquí el autor nos cuenta su experiencia visitando centros de todo tipo en Estados Unidos, hablando con sus claustros y con los alumnos de su vida escolar. Siempre que hace esto, presta especial atención a lo que supone encajar, social y académicamente. Las entrevistas suelen empezar hablando de peinados, la vestimenta o los comportamientos sociales que implican la aceptación entre iguales. Luego profundiza en los comportamientos que tienen que ver con el aprendizaje. Una actitud entusiasta en este sentido se hace explícita si para encajar hay que participar en las discusiones de clase. Esta actitud es, según la experiencia del autor, casi universal en Educación Infantil, independientemente del contexto social. Pero esto cambia mucho si hablamos de Secundaria. Ron Berger ha conversado con muchísimo estudiantes de zonas pobres, urbanas y rurales. Cuando pregunta sobre las normas sociales en lo que respecta a aprender, esforzarse en los deberes y preguntar en clase, le responden con una risa amistosa. Muchos de ellos piensan que habría que estar loco para mostrar interés y pretender ser popular.
 
¿Qué pasaría si ser normal en un colegio, encajar, significara preocuparte de tu trabajo y tratar a los otros con respeto? Eso es la cultura de un colegio.
 
Entre los mucho ejemplos que acompañan esta parte nos fijamos en Jason, un alumno que llega nuevo al centro. La aprobación de los adultos no era un gran tema en su vida. Pero afortunadamente en la cultura de ese centro se pone en valor desde la guardería cosas como cuidar, compartir el trabajo, y estar orgulloso de lo que uno consigue:
 
Jason al principio no se esfuerza en absoluto en su trabajo. Recibía por tanto un feedback de sus compañeros que era amable pero a la vez crítico. Cuando presentaba algo descuidado, los otros le invitaban a poner más empeño. Él respondía con ira y poniéndose a la defensiva. 
 
La primera vez que Jason expuso algo bien hecho fue una lluvia de cumplidos de toda la clase. Sabían lo que significaba para él. La actitud de Jason comenzó a mejorar junto con su trabajo después de algunos meses. Al principio, cuando entregaba trabajos, decía que no le importaba. Pero cuando empezó a recibir feedback positivo de sus compañeros se volvió menos reacio a los comentarios del profesor. En un momento determinado, miró a su trabajo y dijo con una sonrisa: \”Estoy orgulloso de esto. Creo que es la primera cosa que he hecho realmente bien desde que estoy en el colegio. Creo que a la clase le gustará\”.

El valor de la comunidad

¿Por dónde empezamos a crear esa cultura de centro? ¿Cómo comenzamos? No hay una respuesta fácil y correcta a estas preguntas. Si hay mucho que cambiar, es difícil decir que hay un único sitio por donde empezar. Una de las cosas que más defiende el libro es que el poder de la cultura reside en la comunidad. Los adultos y niños que pasan sus mañanas (y a veces tardes) en el centro son parte de algo. Es muy importante ese sentido de pertenencia. La historia de Jason ilustra que esta comunidad puede crear un lugar seguro. No solo seguro físicamente, sino seguro también para arriesgarse, para esforzarse al máximo.
 
Esto suena a sentimentalismo ingenuo si no fuera porque el libro contiene numerosos ejemplos de los centros para los que ha trabajado el autor. Por ejemplo, el Eagle Rock School que podéis comprobar aquí. Son colegios con alumnos que han sido expulsados de otros centros, con problemas de drogas o incluso la cárcel. No todos consiguen llegar a la universidad, pero la transformación en el carácter es asombrosa.
 
Construir comunidades escolares fuertes significa combatir la tendencia social de \”cuanto más grande mejor\”. Deborah Meier dice que en educación esa frase es particularmente nociva. En una escuela pequeña es más fácil estrechar la relación entre docentes y alumnos, y mucho más difícil que un alumno pase desapercibido. Esta red de relaciones personal apoya a todos, y las decisiones se pueden tomar rápido y sin necesidad de una gran burocracia. En la experiencia del autor, las escuelas rurales tienen mucho más que ofrecer que algunas escuelas de ciudad con gimnasios y piscinas enormes. 
 
Por otro lado, cuando se considera cómo mejorar la educación de los niños, la gente tiende a prestar atención al paquete que les entregamos. Pero la educación no es un paquete, es una experiencia. ¿Qué le pasa a un alumno a lo largo del día? ¿Cómo se comporta para encajar? ¿Qué oportunidades tiene para contribuir a la comunidad? ¿Qué le motiva a cuidar? Este ejercicio es particularmente útil para el alumno marginal; aquel cuya etnia, religión, contexto socio-económico o discapacidad física le señale como diferente. Estos alumnos y alumnas necesitas una comunidad que les incluya.

La influencia de la sociedad

Los arquitectos señalan que es fácil conocer lo que era importante en un cultura mirando a las estructuras que se construían con mimo y mucho dinero. Las pirámides de Egipto, los templos de Grecia, los castillos de Europa y China o las catedrales de Europa. Hoy en día pasa lo mismo y nuestra arquitectura honra a los negocios: altos rascacielos y maravillas de la técnica. Cuando los chicos llegan a un edificio de ladrillos construido de la forma más barata posible, empezamos a crear cultura: cuánto valor estima la sociedad que tiene lo que allí dentro va a suceder. ¿Qué valor se transmirte? No esperamos mucho de ti, pero eso invertimos lo justo.
 
El autor cuenta su experiencia visitando las escuelas de la franja de Gaza, en Palestina, dentro de un programa de las Naciones Unidas. Con un pequeño todo-terreno circulando entre edificios en ruinas y carreteras infernales, a través de los campos de refugiados llegaron a la escuela. Cuando bajó del coche, alucinó: las paredes del colegio estaban blancas y limpias, algunas de ellas con grandes murales de flores. Muchas macetas con rosales y arbustos adornaba los patios. Como no había fondos, 60 alumnos se agrupaban en cada clase, pero el orden y la limpieza de todas las aulas era llamativo. 
 
El buen estado y la limpieza de un edificio no garantizan los buenos resultados de los estudiantes. Pero dicen algo, es un mensaje. Es un modelo visual de la ética de la comunidad: nos importas. Por eso es importante exigir que todos los centros educativos están construidos de esta forma, no solo los que están sostenidos por fondos privados o fundaciones. Son el reflejo de la influencia de la sociedad en la cultura del centro.

El ejemplo de Ron Berger

Para cerrar esta entrada voy a resumir las características del centro educativo donde desarrolla su labor el autor del libro desde hace más de 25 años. Como ya hemos explicado en la entrada anterior, se trata de una escuela pequeña y rural, en un pueblo en los bosques de Massachusets.
 
Al ser una escuela con esas características, la administración ha dotado al personal de gran autonomía en la toma de decisiones. En ese sentido cada profesor tiene un presupuesto asignado de material que puede emplear como mejor considere, aunque estas decisiones se toman en equipo. También pueden organizar las aulas y los horarios, así como los objetivos anuales del centro. Los encuentros son constantes y cada miembro del claustro tiene una voz activa en estas decisiones, tomándose esta responsabilidad muy en serio.
 
La cultura del centro se ha concretado en una serie de estructuras que están en el núcleo del currículum. Pongamos tres ejemplos:
  1. Los alumnos mayores son emparejados con los alumnos pequeños como tutores y guías, de forma que existe una parte del currículum para los cursos mayores que abarca la generación de materiales de estudio y trabajo para los pequeños. 
  2. El personal se reúne en equipos que supervisan el currículum y el estado general del edificio. El horario se ha organizado para favorecer este tipo de colaboración, de forma que los alumnos vean que el trabajo en equipo es esencial para todos los miembros de la comunidad. Estas reuniones no son fáciles ni divertidas; aunque hay una visión común se discute cada detalle. 
  3. Hay una enseñanza explícita de los modales, es decir, de la tradición de lo que es la cortesía. Todas las mañanas se refuerzan los logros en este sentido y hay un compromiso a mantener esa actitud a lo largo del día.

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