Formative Embedded Assesment: ¿Cómo ser mejores profesores? Desmontando mitos

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Buscando el impacto

En la anterior entrada veíamos que el incremento de los logros académicos de los estudiantes constituye (o debería constituir) una prioridad económica y social de primer orden; y que la única manera de hacerlo de forma efectiva era mejorando la calidad de los docentes que ya formaban parte de la escuela.

En esta entrada desarrollaremos cómo la evaluación formativa en el día a día (incluso en el minuto a minuto) es, según Dylan Wiliam, mucho mejor que otras alternativas de formación que nos ofrecen habitualmente.

¿Influye la calidad del docente en el aprendizaje?

Esta pregunta no es baladí, y me permito una reflexión abierta. Son preguntas que podemos hacernos, y el valor no reside en la respuesta sino en el movimiento que pueden generar en nosotros.

Habitualmente en nuestros centros, dentro de lo que llamamos “buenas prácticas”, exponemos los trabajos o los resultados de nuestros mejores alumnos. Esos alumnos, ¿hubieran destacado igual fuera el profesor que fuera? ¿esos resultados excelentes, tienen que ver con nosotros? También es habitual que en algunos colegios se presuma del nivel de inglés de sus alumnos, cuando por el nivel socioeconómico de sus familias todos ellos acuden a alguna academia por las tardes. Su nivel de inglés, ¿en qué porcentaje es resultado de la docencia del colegio? Lo mismo pasa con la música: invitamos a los alumnos que aprenden música fuera del centro a que vengan a tocar cuando hay una visita pedagógica. ¿Su destreza musical tiene algo que ver con nuestra labor? Esta reflexión importa porque cada vez más las estructuras auxiliares de la escuela acaban sustituyéndola. Las consecuencias son evidentes, si confiamos más en la academia que en el colegio para aprender inglés. 

Volviendo al libro, el autor cita el estudio de Andrew Leigh en 2010. Se trata de un amplio análisis estadístico que concluyó en afirmar que sí existe una relación significativa entre cuanto aprende un alumno y los años de experiencia de un profesor. Sin embargo, aunque el alumno aprenderá más con un profesor experto, no aprenderá mucho más. Paradójicamente, otra de las conclusiones del estudio es la evidencia a favor de una mayor y mejor formación profesional para los profesores. Tenéis el estudio completo aquí.

Es decir, que en medio de toda nuestra compleja y muchas veces difícil realidad, sería bueno recordar que lo que mayor efecto tiene en la educación es la calidad de los docentes. Lo más importante es su formación. Cuidando este aspecto es como más se repercute en todo lo demás. ¿Por qué se pone el énfasis en las plataformas o en el software? La calidad del que elabora el material es mucho más importante.

La formación, dice D. Wiliam, debe ser más y mejor. Porque como los docentes somos bombardeados con innovaciones y formaciones, ninguna de éstas tiene tiempo de enraizar, así que al final nada cambia. Quien se sienta identificado con esta frase puede levantar la mano y sentirse acompañado. ¿Y en qué nos formamos los profesores? El libro analiza algunos de los elementos más frecuentes de nuestras formaciones:

Un ejemplo de formación mal encaminada: los estilos de aprendizaje

Como dice D. Willingham en otro libro de título sugerente que comentaremos (Why don`t students like school? o ¿por qué a los estudiantes no les gusta el colegio?), la “memoria es el residuo del pensamiento”. En contra del pensar común, y basado en la psicología cognitiva, cuando a los alumnos se les da bien una tarea olvidarán más rápidamente lo aprendido en esa tarea que cuando se les da mal. Es decir, que tener un estilo de aprendizaje “kinestésico”, además de no tener base científica alguna, no significa que tenga que realizar más actividades con ese enfoque.
 
La cuestión es por tanto crear dificultades deseables: los cerebros de los alumnos deben trabajar duro para dar sentido a lo que están aprendiendo y así ese aprendizaje durará más. Por todo ello: “la única solución es que los profesores no traten de ajustarse a los estilos de aprendizaje, sino que sean conscientes de los diferentes estilos y empujen así a los alumnos a usar un abanico de estilos lo más amplio posible”.
 
De esta forma, como los profesores varían su estilo, los alumnos experimentarán en algún momento que están en su zona de confort y en otros momentos que son empujados a un reto. Enseñar es interesante porque nuestros alumnos son muy diferentes, pero posible porque tienen algunas cosas similares.
 
El libro desmonta algunos otros mitos (pongo enlaces para contrastar la veracidad de las afirmaciones de Dylan Wiliam):
  • El 50% de los profesores de China, Grecia, Holanda, Turquía y UK creen que sólo usamos el 10% del cerebro, y el 90% cree que enseñar con estilos de aprendizaje es más efectivo. Nada de esto es científicamente cierto (Howard-Jones, 2004 publicado en la prestigiosa revista Nature, lo tenéis aquí)
  • La gente tiende a creer más un informe psicológico si la explicación dice estar basada en la neurociencia, incluso aunque la explicación no tenga el menor sentido (Weisberg et al, 2008, lo tenéis aquí.
  • Mucha gente (y según mi propia experiencia, en muchas charlas de formación) afirma que recordamos un 10% de lo que leemos, un 20% de lo que escuchamos, un 30% de lo que vemos, un 50% de lo que escuchamos y vemos, un 70% de lo que vemos y escribimos y un 90% de lo que hacemos. No hay absolutamente ninguna evidencia científica que apoye estos porcentajes tan sospechosamente exactos (podéis leer más en esta otra entrada del blog).
El autor termina citando a Sergio Della Sala y Mike Anderson en su libro Neurociencia y educación: Mientras que el uso de la palabra neurociencia resulta atractivo en educación, es la psicología cognitiva la que hace todo el trabajo. ¿Por qué? Porque para los educadores, la investigación que demuestra que una forma de aprendizaje es más efectiva que otra es mucho más útil que saber en qué zona del cerebro ocurre ese aprendizaje. Sí existe una brecha entre la neurociencia y la educación, pero no se soluciona con la interacción entre ambas casi siempre con la primera dando recetas mágicas a la segunda. La solución es el desarrollo de una educación basada en evidencia (os recomiendo este blog a este respecto).

Conocimiento de su materia

Diversos estudios demuestran que los mejores profesores de matemáticas no son aquellos con una conocimiento mayor de matemáticas avanzadas, sino los que tienen un conocimiento mayor de las matemáticas que se enseñan en la escuela. Un buen profesor es mucho más que sólo saber mucho de una materia.

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