
En cursos, conferencias y claustros es habitual escuchar que “cada alumno aprende de una manera diferente”. A menudo se dice con buena intención: como una forma de reconocer la diversidad del alumnado, que es real e importante, y reivindicar una enseñanza personalizada. Pero, como ocurre con muchas afirmaciones bienintencionadas, esta también puede ser engañosa. Y peligrosa.
¿En qué sentido es problemática esta idea? ¿No es evidente que hay diferencias entre alumnos? ¿No deberíamos adaptar la enseñanza a esas diferencias? La clave está en qué tipo de diferencias tomamos en cuenta y cómo lo hacemos. En esta entrada exploramos por qué hay que tener cuidado con esta afirmación.
El atractivo del mito
La creencia de que cada uno aprende a su manera está profundamente arraigada en la cultura educativa. Tiene una base intuitiva (sentimos que aprendemos mejor de cierta manera), encaja con el respeto a la individualidad y parece una receta para una educación más inclusiva. Sin embargo, décadas de investigación han demostrado que esta idea, aunque popular, no se sostiene y, es más, casi siempre acaba perjudicando a los que tienen más dificultades.
Los estudios muestran que, de hecho, enseñar una idea compleja con imágenes no funciona mejor para alguien “visual”, sino para cualquiera, siempre que las imágenes estén bien diseñadas. El formato más eficaz depende del contenido, no de la preferencia del alumno. Podéis leer sobre esto aquí.
Como resumen el equipo de Deans for Impact (2015) en un texto que tenéis en la sección de artículos imprescindibles, la comprensión de ideas nuevas ocurre cuando el contenido activa conocimientos previos y se procesa en la memoria de trabajo. Esa memoria tiene una capacidad limitada, y saturarla con información redundante o mal presentada —por querer ajustarse a lo visual— puede dificultar, no facilitar, el aprendizaje.
¿Entonces todo el alumnado aprende igual?
No. Pero tampoco es cierto que “cada quien aprende a su manera”. Lo que muestra la evidencia es que hay principios comunes del aprendizaje que se aplican a la mayoría del alumnado, aunque su puesta en práctica deba adaptarse al contexto, a los conocimientos previos y al nivel de autonomía. Es en este sentido, no podemos pedir a los docentes que adapten la clase a cada niño. Eso es imposible en la práctica y dudosamente razonable si queremos que aprendan a vivir con otros, adaptándose y respetando las diferencias.
Algunas de esas estrategias las hemos desarrollado en el blog, como la práctica espaciada, la evocación activa o la autoexplicación funcionan mejor que releer o subrayar, y lo hacen en distintos niveles educativos, asignaturas y tipos de alumnado. Son estrategias universalmente eficaces, siempre que se ajusten al contenido y se enseñen bien. De hecho, los alumnos que más se benefician de este tipo de prácticas son precisamente los que tienen mayores dificultades, porque de hecho suelen ser a los que más les cuesta calibrar bien lo que van aprendiendo y organizarse adecuadamente.
Sí existen diferencias relevantes: el conocimiento previo, el nivel de autorregulación, la motivación, la atención sostenida… Pero están relacionadas con factores cognitivos y emocionales que pueden y deben trabajarse en el aula.
Lo que sí personaliza y mejora el aprendizaje
Porque evidentemente sí que necesitamos adaptarnos a la realidad diversa del aula, que esta entrada no niega. Los buenos docentes ya adaptan su enseñanza, pero lo hacen con base en preguntas relevantes: ¿qué sabe este alumno?, ¿qué errores comete?, ¿qué le ayuda a concentrarse?, ¿con qué ejemplos conecta mejor este contenido?
La psicología del aprendizaje nos dicen que enseñar es más eficaz cuando:
- se parte del conocimiento previo y se lo activa (por ejemplo, preguntando qué saben antes de explicar);
- se ofrece una explicación clara, con ejemplos y andamiajes;
- se da al alumnado la oportunidad de recuperar activamente lo aprendido (por ejemplo, mediante preguntas o pequeños tests);
- se enseña a monitorear el propio aprendizaje (estrategias metacognitivas).
El riesgo de seguir creyendo en esta idea
Seguir reforzando la idea de que “cada uno aprende a su manera” puede parecer inofensivo, pero tiene consecuencias:
- Se pierde tiempo valioso tratando de adaptar materiales a estilos que no existen.
- Se deja de enseñar estrategias de aprendizaje eficaces, que todo el alumnado necesita.
- Se refuerza la idea de que si no aprendes algo es porque “no es tu estilo”, en lugar de ver el error como una oportunidad de aprender.
Además, como muestran Rea et al. (2022), el alumnado muchas veces reconoce qué estrategias son eficaces… pero no las usa. Porque requieren esfuerzo, no parecen inmediatas, o no han sido enseñadas explícitamente.
No se trata de negar la diversidad, sino de no confundirla con preferencias superficiales. Como dice Dylan Wiliam, “todo funciona en algún lugar, nada funciona en todas partes… pero algunas cosas funcionan en más sitios que otras”.
Bibliografía
- Dunlosky, J., et al. (2013). Improving Students’ Learning With Effective Learning Techniques. Lo puedes encontrar en la sección «Artículos Imprescindibles» del blog.
- Howard-Jones, P. (2022). Effective teaching and its relation to our scientific understanding of learning. UNESCO.
- Deans for Impact. (2015). The Science of Learning. Lo puedes encontrar en la sección «Artículos Imprescindibles» del blog.
- Rea, S.D., Wang, L., Muenks, K., & Yan, V.X. (2022). Students Can (Mostly) Recognize Effective Learning, So Why Don’t They Do It? Journal of Intelligence, 10(4), 127.







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